Por un periodista cultural

La Paz, Bolivia — Hay una foto que circula en las redes sociales de Bolivia. En ella, un grupo de niños de los años ochenta juega a la tuncuna —esa rayuela de tiza dibujada en patios de tierra— mientras el sol de la tarde se filtra entre los eucaliptos. La imagen, en blanco y negro o ya amarillenta por el tiempo, genera cientos de comentarios de personas que aseguran "haber vuelto a su infancia". Es el poder de la nostalgia, ese sentimiento que en Bolivia se ha convertido en un fenómeno cultural de proporciones inesperadas.

En un país donde la modernidad choca violentamente con las tradiciones milenarias, los bolivianos de cierta edad —los que tienen entre 35 y 60 años— han desarrollado una relación casi obsesiva con los objetos, sonidos y costumbres de su pasado. No es simple melancolía: es una forma de resistencia ante el vertiginoso cambio que ha transformado el país en las últimas tres décadas.

La caja mágica de los recuerdos

Para quienes crecieron en los años sesenta, setenta y ochenta, la televisión boliviana era algo mágico. No había cientos de canales ni plataformas de streaming: existía el Canal 7, Bolivia Televisión, y algunos canales locales que se sintonizaban con antenas de ala de avión que había que girar cada vez que el viento cambiaba de dirección.
"El Show del Abuelito Tino" fue el primer programa que emitió la televisión boliviana el 30 de agosto de 1969. Tino Lozada, con su característico traje de abuelo entrañable, marcó a toda una generación de paceños y bolivianos que hoy tienen más de cincuenta años. Era la época en que la televisión unía a las familias frente a un solo aparato, cuando los programas infantiles no eran japoneses ni coreanos, sino producidos con recursos modestos pero con un cariño inmenso.
En los años ochenta, "Gozalina" —con sus 167 capítulos producidos entre 1988 y 1989— se convirtió en la primera telenovela boliviana de alcance nacional. Escrita por Roberto Calasich, mostraba historias de la vida cotidiana boliviana, lejos de las mansiones de las telenovelas mexicanas o brasileñas. Era nuestra historia, contada con nuestros acentos, en nuestras calles.
"Comedia TV" (1989) y "Felicidad" (1997) completaron una época dorada de la producción nacional que hoy, vista desde la perspectiva de los reality shows y la programación importada, parece casi utópica. Programas como "Bolivia en mi corazón" (1996-1999) o "Patria Fecunda" (1999-2008) mantenían viva la música folclórica en horarios de máxima audiencia, algo impensable hoy en día.

Los sonidos que nos hicieron temblar

Si la televisión unió a las familias bolivianas, la música folklórica les dio identidad. Y aquí es donde la nostalgia adquiere dimensiones épicas. Hablar de música boliviana de los setenta, ochenta y noventa sin mencionar a Los Kjarkas sería como hablar del fútbol mundial sin mencionar a Pelé.
Nacidos en Capinota, Cochabamba, en 1965, Los Kjarkas comenzaron como un cuarteto amateur que tocaba zambas argentinas porque "la música boliviana no tenía mucha repercusión por aquel entonces", recuerda Gonzalo Hermosa. Su primer álbum, "Bolivia" (1976), incluía una canción que se convertiría en casi un segundo himno nacional. La historia de cómo Ulises y Élmer Hermosa transformaron el grupo es ya legendaria.
La década de los ochenta fue la edad de oro. "Florcita azul" (1984) llevó a Los Kjarkas al Festival Yamaha en Japón, donde quedaron en décimo lugar entre más de 1,800 participantes. Canciones como "Wayayay", "Imillitay", "Llorando se fue" (esa que después plagió Kaoma con su Lambada), "Canto a la mujer de mi pueblo" y "Chuquiago Marka" forman parte del soundtrack emocional de millones de bolivianos.
Paralelamente, Savia Andina —fundada en 1975 cuando el dúo Navia-Arias se unió a Alcides Mejía— recogía la esencia musical de los Andes y la llevaba por el mundo. Discos como "Ritmos y canciones del altiplano" (1976), "El minero" (1980) y "K'alanchito" (1980) crearon un puente entre lo rural y lo urbano, entre lo tradicional y lo contemporáneo. Su canción "El minero" se convirtió en un himno de la clase trabajadora boliviana.
Estos grupos no eran simples entretenimiento: eran embajadores culturales en una época en que Bolivia apenas comenzaba a proyectarse internacionalmente. Hoy, cuando sus canciones suenan en las radios de nostalgia como Roca FM Clásicos, generan una reacción casi visceral en quienes las escuchan.

Los juegos que el asfalto se tragó

Karina Girón, una paceña de 50 años, recuerda con una sonrisa cómo su juego favorito era la tuncuna (la versión andina de la rayuela). "Teníamos nuestra rayuela dibujada en el patio de tierra, ya tenía huecos de tanto saltar", cuenta. El juego era simple: una ficha y un diagrama de tiza con números del uno al diez. Saltar en un pie, recoger la ficha, no tocar las líneas. Una geometría de la infancia que hoy parece arqueología.
Los trompos de madera, esos juguetes pera con punta de hierro que había que hacer bailar con una cuerda, eran objetos de verdadera destreza. La meta era mantenerlo girando el mayor tiempo posible, subirlo a la mano, hacerlo girar sobre la palma. Era un arte que se transmitía de generación en generación, de hermano mayor a hermano menor.
Las bolitas (canicas) convertían los recreos escolares en campeonatos épicos. Los niños salían de casa con unas cuantas y volvían con los bolsillos llenos si eran buenos. "Recuerdo a mi hermano con las manos secas y llenas de costras de tanto jugar", comenta Miriam Vacaflor, una cochabambina de 48 años.
Las cometas de papel de seda y caña hueca, los palo ensebao (palo engrasado) en las fiestas patronales, el cacho (juego de dados) en las reuniones familiares, el chamán con piedras en La Paz: estos juegos formaban parte de una educación física y social que las pantallas táctiles no pueden replicar.
Hoy, como señala un artículo de El País de Tarija, estas iniciativas para recuperar los juegos tradicionales nacen de la preocupación por darle a la niñez actual "la oportunidad de tener una infancia plena y sana", lejos de la dependencia tecnológica.

Sabores que ya no vuelven

La nostalgia también tiene sabor y olor. Para los bolivianos que crecieron en las décadas del sesenta, setenta y ochenta, ciertos productos representan verdaderos madeleines de Proust nacionales.
Chocolates Taboada, fundada en Sucre en 1948 por Jorge Taboada Moscoso y sus hermanos, cumplió 75 años en 2023 y sigue siendo la chocolatería más antigua del ramo en la capital. Sus bombones, trufas y yemitas fueron el regalo estándar de cumpleaños, aniversarios y gestos románticos durante décadas. La fábrica, que empezó en una casa alquilada frente a la Universidad San Francisco Xavier, obtuvo el segundo lugar en una feria internacional de La Paz en 1948, apenas meses después de inaugurarse.
Chocolates Para Ti, fundada en 1990 por Gastón Solares y Jaime Urriolagoitia, representa otra generación de dulces bolivianos. Surgió de la reactivación de una empresa quebrada y hoy emplea a 140 trabajadores, el 80% mujeres. Su Museo del Chocolate en Sucre incluye una réplica de la Casa de la Libertad hecha completamente de chocolate.
La Paceña, la cerveza boliviana por excelencia, tiene sus propios fantasmas nostálgicos. Su comercial "Es una forma" de 1993 es recordado por toda una generación como una joya de la publicidad boliviana. Esos jingles que se grababan en la memoria colectiva, esas frases que todo el mundo repetía.

Las palabras que se volvieron papel

La prensa escrita boliviana tuvo su época dorada entre los años sesenta y noventa. Periódicos como Última Hora (1929-2000), Presencia (1958-2000), La Razón (1917-1952 en su primera época), El Diario (1917-2017) y Hoy (1975-1998) no solo informaban: formaban opinión, creaban identidad, registraban la vida cotidiana del país.
Presencia, fundada por la Iglesia Católica en 1958, fue durante décadas la voz crítica contra los gobiernos de turno y luego, durante las dictaduras, defensora de los derechos humanos. Última Hora, con su colección de 787 empastados desde 1929 hasta 2000, es un tesoro documental de la historia boliviana del siglo XX.
Revistas como La Semana Gráfica (1932-1934), creada durante la Guerra del Chaco, fueron pioneras en el periodismo gráfico. Publicaciones literarias como La Aurora Literaria (1862-1864), El Cosmorama (1865), La Revista de Bolivia (1898) o Bolivia Literaria (1894) forjaron el pensamiento crítico de generaciones de intelectuales.
Hoy, cuando la prensa digital domina y los periódicos de papel son cada vez más delgados, las hemerotecas se han convertido en santuarios de la memoria. El Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia, la Hemeroteca de la Asamblea Legislativa, la Biblioteca Municipal Andrés de Santa Cruz: todos custodian millones de páginas que registran quiénes fuimos.

Tradiciones que el tiempo se llevó

La Navidad boliviana de los años cincuenta, sesenta y setenta era otra cosa. Como recuerda el antropólogo Wilfredo Camacho, "había mucho fervor espiritual en todos los habitantes, tanto del área rural como urbana". Las mesas se llenaban de lawas de choclo, papawayk'u, maicillos, api rojo y blanco con buñuelos. Las familias acumulaban harina, trigo, levadura y maíz para hacer las tradicionales masitas navideñas.
A las doce de la noche, los niños eran despertados con campanas porque "había llegado el redentor". La misa de gallo reunía a familias enteras, y el brindis se hacía con chicha culli o chicha amarilla. Hoy, como señala el Padre Miguel Manzanera, las luminarias eléctricas han reemplazado a las velas, y el consumismo ha desplazado en parte a la espiritualidad.
El Año Nuevo Aymara, celebrado cada 21 de junio, sigue vigente pero ha perdido parte de su fuerza en las zonas urbanas. El Festival de Alasita (24 de enero), con sus miniaturas y el Ekeko, ha sido reconocido por la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, pero cada vez es más una feria turística que una celebración comunitaria auténtica.
Las ñatitas, esos cráneos adornados que se veneran cada 8 de noviembre en el Cementerio General de La Paz, resisten como uno de los últimos ritos precolombinos genuinos, aunque cada año hay menos familias que mantienen la tradición.

El tren que ya no pasa

Quizás nada simbolice mejor la nostalgia boliviana que el ferrocarril. El tren, ese medio de transporte que conectó a Bolivia con el mundo durante décadas, ha sido casi completamente desplazado por los buses y el transporte aéreo. Las estaciones de tren, esos edificios de arquitectura inglesa que adornaban ciudades como Oruro, Uyuni y Villazón, hoy son museos o simples ruinas.
El tren a los Yungas, el expreso del oriente, el ferrocarril que llevaba minerales de Potosí al Pacífico: todo eso forma parte de un pasado que los bolivianos mayores recuerdan con melancolía y los jóvenes apenas conocen por fotos.

¿Por qué nos aferramos al pasado?

La nostalgia en Bolivia no es simple capricho romántico. Es una respuesta a la velocidad vertiginosa del cambio. En apenas treinta años, Bolivia ha pasado de ser un país mayoritariamente rural a uno urbano, de una economía cerrada a una inserta en la globalización, de una sociedad donde la tradición mandaba a una donde el consumismo dicta las reglas.
Los bolivianos que hoy tienen entre 40 y 60 años son una generación de transición: los últimos que jugaron en la calle, los últimos que escucharon vinilos, los últimos que vieron televisión en blanco y negro, los últimos que conocieron una Bolivia donde los ritmos folklóricos dominaban la radio y no la cumbia o el reguetón.
Aferrarse a esos recuerdos es, en cierta forma, resistir a una modernidad que a veces parece borrar todo rastro de identidad. Cuando un paceño de cincuenta años escucha "Wayayay" o recuerda el sabor de un chocolate Taboada, no está solo evocando su infancia: está reclamando su derecho a ser quien es, a venir de donde viene, a no ser completamente absorbido por el presente homogéneo.
La nostalgia, en Bolivia, es política. Es una forma de decir: "Esto también soy yo. Esto también es mi país". Y en un mundo donde todo cambia demasiado rápido, eso tiene un valor incalculable.

¿Y usted, lector? ¿Qué recuerdos culturales de Bolivia guarda en su memoria? ¿Cuáles son esos sonidos, sabores, imágenes y olores que lo transportan instantáneamente a su infancia? La memoria colectiva solo se mantiene viva si la compartimos.